Por Heidi Inostroza Rojas – Máster en Desarrollo Local y Cooperación Internacional, Diplomada en herramientas Digitales para el Turismo.

 

 

 

 

Cada 21 de febrero celebramos el Día Internacional del Guía de Turismo. Sin embargo, en la actual «economía de la experiencia», es urgente trascender la felicitación protocolar para analizar el rol de quien es, en rigor, el eslabón crítico de la competitividad de nuestros destinos: el Gestor de la Hospitalidad y Animador del Territorio.

Desde mi perspectiva, sostengo que debemos superar la visión del guía como un simple «relator de historias». La animación turística profesional es una función pedagógica y mediadora. El guía utiliza técnicas de comunicación asertiva para transformar a un grupo de individuos en una comunidad de aprendizaje y disfrute. No se trata de memorizar datos, sino de diseñar un guion interpretativo que considere la tipología del visitante y su fatiga. Para ello, es indispensable un conocimiento profundo del medio humano, el patrimonio y el ecosistema natural, permitiendo una interpretación asertiva en diversos idiomas e inclusiva que garantice que el mensaje sea correctamente decodificado.

Esto requiere de una profesionalización que se valida del rigor técnico. El uso de la bitácora de guiado es un «test de ácido» de esta labor; un sensor de inteligencia territorial que permite gestionar indicadores críticos: Gestión de Riesgos (WFR/Primeros Auxilios), monitoreo de brechas en infraestructura y aseguramiento de la calidad mediante la retroalimentación inmediata en terreno.

Desde el fomento productivo, observamos que el guía materializa el impacto económico local. Posee un poder de decisión único como prescriptor, vinculando al turista con el pequeño productor, el artesano y la gastronomía de origen. Esta capacidad fomenta la soberanía económica, asegurando que la riqueza circule en la comunidad. Dada la alta oferta, es vital trabajar con guías certificados y formalizados, priorizando a quienes habitan y conocen el territorio desde su raíz.

Hoy el mercado exige expertos en nichos: enoturismo, patrimonio, ecoturismo o aventura. Esta especialización, sumada a la asociatividad, permite estandarizar la calidad regional. El guía debe evolucionar, además, en su gestión del negocio, dominando costos y presupuestos para asegurar una rentabilidad real que le otorgue la libertad a su proceso de crecimiento.

Apostar por la multidimensionalidad del guía es apostar a la calidad de la experiencia y por la resiliencia del destino. Entonces, es tiempo de preguntarnos: ¿Estamos valorando al guía como un socio estratégico en el diseño de nuestras experiencias o lo seguimos relegando a un rol operativo secundario?