Desde ARGELIA, Marcelo Moraga, enviado especial
—
Luego de 1 hora y media de vuelo desde Orán llegamos a la ciudad de Annaba, en el límite noreste de Argelia. Nos reciben los buses de ONAT Algeria y nos trasladan al Hotel Seybouse, centro neurálgico de los negocios y el turismo en Annaba.
La estructura del Hotel Seybouse dialoga con el urbanismo colonial Annaba del siglo XI y combina un diseño exterior robusto de corte racionalista/moderno —propio de los años 70— con espacios interiores fluidos, luminosos y sutiles referencias geométricas de Argelia.
Hippo Regius: cuna de la historia, el pensamiento y la paz
Tras el desayuno, iniciamos el traslado hacia el Museo y Sitio Arqueológico de Hippone en Annaba, una de las ciudades más emblemáticas de la cuenca mediterránea.
Este destino se erige como un testimonio vivo de la sucesión de civilizaciones que han florecido en suelo argelino desde la antigüedad.
El yacimiento arqueológico de Hippo Regius dista mucho de ser una colonia romana común.
Su nombre, cuyo significado es “Puerto del Rey», rinde honores a su pasado primigenio como residencia de los monarcas de Numidia, el indómito reino bereber que gobernó estas tierras antes de la llegada de Cartago y la posterior anexión al Imperio Romano.
Con el tiempo, Hippo Regius se transformó en un epicentro político, económico, cultural y religioso.
Hoy en día, sus vestigios reflejan una fastuosa evolución urbanística que se puede contemplar al recorrer el antiguo foro, el teatro, los baños termales, las villas señoriales y un imponente conjunto de edificios cristianos que incluye basílicas, iglesias y capillas.
Cada una de estas estructuras da fe del esplendor arquitectónico y de los sofisticados estilos de vida que marcaron los diferentes periodos de su historia.
Museo del Sitio de Hippona y sus tesoros de la antigüedad
En el corazón del yacimiento se alza el Museo de Hippona, resguardado en una edificación que evoca el diseño de una antigua villa romana.
Este espacio funciona como un puente directo hacia los días de gloria del Imperio romano y el nacimiento del pensamiento occidental, custodiando los vestigios arqueológicos de la mítica urbe de Hippo Regius, una de las colonias africanas más prósperas y epicentro fundamental del cristianismo primitivo.
El recorrido interior se organiza a través de salas de exhibición distribuidas en dos plantas.
La gran joya del recinto es su colección de mosaicos monumentales; gigantescas y detalladas obras polícromas recuperadas directamente del yacimiento —como el famoso mosaico de la caza o el de las Nereidas— cuyo estado de conservación supera al de muchas piezas expuestas en el continente europeo.

Colección de mosaicos monumentales, gigantescas y detalladas obras polícromas recuperadas directamente del yacimiento.
Bordear estas magníficas composiciones, contemplando de cerca los teselas originales sin llegar a pisarlas, ofrece una experiencia arqueológica inmersiva que despierta un profundo respeto por el patrimonio universal.
Por su parte, las salas del segundo nivel exhiben una imponente colección de estatuas romanas en mármol, elementos funerarios, numismática antigua y objetos de la vida cotidiana.
Entre todos ellos sobresale una pieza única en el mundo: un espectacular trofeo militar de bronce fundido del siglo I d.C., tallado con la forma de una armadura romana suspendida del tronco de un árbol.
El Foro Romano: corazón de Hippo Regius
Nuestra caminata continúa a través de las antiguas calzadas pavimentadas de la época imperial.
Al adentrarnos en el complejo monumental, se despliega ante la vista el imponente Foro Romano, reconocido por los arqueólogos como uno de los más extensos y majestuosos de todo el norte de África.
Recorrer este yacimiento al aire libre de la mano de un guía local transforma el trayecto en un viaje cronológico fascinante; las piedras bajo nuestros pies resumen más de dos milenios de asedios, esplendor y transiciones culturales.
Caminar entre hileras de columnas truncadas e imaginar el bullicio comercial de los siglos I y II d.C. genera una profunda sensación de asombro.
En medio de la plaza del mercado resalta un elemento sobrecogedor: una plataforma elevada de piedra que, en la antigüedad, sirvió para el comercio de esclavos.
El recorrido avanza cuesta abajo en dirección a las Grandes Termas Públicas.
La monumentalidad de sus muros de ladrillo y la complejidad de sus canales subterráneos demuestran el avanzado nivel de la ingeniería romana alcanzado durante la dinastía de los Severos (siglo II d.C.).
Estas estructuras sobrevivieron a las invasiones vándalas y a la posterior reconquista del Imperio Bizantino en el año 533 d.C.
Hacia el año 705 d.C., la historia de Hippone dio un giro definitivo con la llegada de las dinastías islámicas.
El núcleo habitacional comenzó a trasladarse paulatinamente, dando origen a la ciudad amurallada de Madinat Zaoui en el siglo XI, un enclave que mutaría con los siglos bajo las ocupaciones española, otomana y francesa hasta convertirse en la actual Annaba.
Una de las mayores virtudes de las ruinas de Hippone es que, al encontrarse al margen del turismo de masas, permiten explorar con absoluta serenidad las mismas aceras de piedra que alguna vez recorrieron bereberes, legionarios romanos y eruditos de la Iglesia primitiva.
Entre los cimientos expuestos del sitio destaca la silueta de la Gran Basílica paleocristiana. Al contemplar los restos de su nave central y los fragmentos de mosaicos que aún resisten a la intemperie, el viajero conecta de forma directa con un capítulo crucial de la historia universal.
Basílica de San Agustín: espiritualidad e historia en la cumbre
Levantar la mirada desde las milenarias columnas de mármol del foro y divisar en la colina superior la majestuosa Basílica de San Agustín —construida a finales del siglo XIX— genera un contraste arquitectónico sublime, uniendo el pasado romano y la Argelia contemporánea en una sola postal inolvidable.
El diseño del templo fusiona de manera monumental los estilos neobizantino y morisco, destacando por sus cúpulas blancas, arcos de herradura y vitrales que inundan el espacio con una luz mística.
Para el viajero, el valor universal de este santuario radica en su íntima conexión con San Agustín de Hipona, el célebre filósofo y teólogo que lideró esta diócesis desde el año 396 hasta su fallecimiento en el 430 d.C.
Su muerte ocurrió en pleno asedio de los vándalos comandados por Genserico.
Aunque los invasores incendiaron gran parte de la urbe tras conquistarla en el 431 —convirtiéndola temporalmente en la capital de su reino—, respetaron por milagro la basílica original de la época y la valiosa biblioteca del erudito.
En el corazón del actual templo se encuentra el Monumento del Altar, el punto de mayor recogimiento, el cual alberga una estatua yacente de San Agustín esculpida en mármol.
En el pecho de esta figura se conserva un relicario de cristal que resguarda el hueso cúbito de su brazo derecho, devuelto a Annaba en el año 1900 desde Pavía (Italia), ciudad donde descansa el resto de sus restos mortales.
A la derecha del altar, cobra protagonismo la imagen de su madre, santa Mónica.
Su presencia es fundamental en la iconografía del recinto; evoca la devoción de esta mujer bereber nacida en tierras argelinas, quien rezó durante décadas por la conversión de su hijo, representando las raíces locales y la perseverancia.
Como broche de oro a la visita, al estar ubicada en la cima de la colina, las terrazas exteriores de la basílica funcionan como el mirador más espectacular para contemplar la ciudad de Annaba y el horizonte marino.
Tour caminable por el centro de Annaba
Desde el hotel Hotel Seybouse hicimos una caminata grupal por El Monumento a los Mártires y barrios coloniales con arquitectura francesa de Annaba.
En el trayecto recorrimos en una gran feria artesanal con joyas, manualidades y especialidades argelinas como helados, turrones y dulces árabes de colores diversos.
Antes de finalizar nuestra visita a Annaba, recorrimos la costanera y playa urbana de la ciudad, para enfilar hacia el aeropuerto y tomar nuestro vuelo de regreso a Argel en la noche.




















