Por Heidi Inostroza Rojas
Máster en Desarrollo Local y Cooperación Internacional,
Diplomada en herramientas Digitales para el Turismo.
Socia de Mujeres en Turismo Chile METCH

 


En Chile, nuestra mesa no es solo un conjunto de recetas; es un relato de tres tiempos: el legado ancestral que nos proveyó los frutos de la tierra, el mestizaje hispano, y la influencia europea que se integró a nuestros sabores. Celebrar el Día de la Cocina Chilena este 15 de abril nos invita a mirar más allá del plato y entender la gastronomía como un pilar fundamental del turismo.

Un patrimonio que no se escribe, se hereda

Tal como rescata la gestión del patrimonio inmaterial en nuestro país, la cocina chilena vive en la oralidad. Se hereda en el humo de un horno de barro o en el secreto de una familia para lograr el punto exacto de unas pantrucas. Para el turismo, esto representa un valor incalculable: el viajero de hoy no busca solo «comer», busca «vivir» una tradición. Cuando un turista prueba un mote de maíz en el secano o degusta la cocina de raíz en la Patagonia, está consumiendo siglos de conocimiento y adaptación al territorio.

Identidad regional: del producto al destino

El patrimonio alimentario chileno es diverso porque nuestro territorio lo es. Desde la quinua del norte, pasando por las cecinas artesanales de Ñuble, hasta la tradición vitivinícola de nuestros valles, cada producto cuenta una historia de esfuerzo local. El vino, más que un acompañante, es un elemento que se integró a nuestra cultura como ingrediente y símbolo de hospitalidad. Los inventarios de patrimonio alimentario nos demuestran que el turismo integral debe nacer desde el producto de origen. La valorización de ingredientes como el ajo chileno, la sal de mar de Cahuil o el uso de algas como el luche y cochayuyo, no solo protege nuestra biodiversidad, sino que crea destinos con sello propio, imposibles de replicar en otras latitudes.

Desafíos para un Turismo Gastronómico Sostenible

La gestión del patrimonio culinario hoy enfrenta el reto de la salvaguardia. No basta con poner el plato en la mesa; debemos asegurar que el cultor y la cultora —esos guardianes de la semilla y la receta— sean los protagonistas de la cadena de valor turística. Promover nuestra cocina es también promover el desarrollo rural y la sostenibilidad ambiental. Al elegir lo local, el turismo se vuelve una herramienta de protección de nuestra identidad.

El rol de la mujer en la mesa nacional

Finalmente, no podemos hablar de patrimonio culinario sin reconocer que, históricamente, han sido las manos de las mujeres importantes custodias, quienes transmiten este saber. Desde los antiguos recetarios hasta las actuales productoras que mantienen vivos los huertos familiares, la mujer ha sido un puente entre el pasado y el futuro de nuestra gastronomía. Valorar una receta es, en esencia, reconocer el trabajo de miles de mujeres que han transformado los productos de nuestra tierra en el motor económico y cultural que hoy sostiene, en la cocina chilena, parte de la oferta turística de nuestro país.